
Texto Libre
Monday, 12 de December de 2005

Como mi primer escrito en este fantástico blog, me gustaría que comenzase siendo algo bonito y particular.
Aunque me gustaría, no es parte de un libro o un comic, ni tan siquiera algo que podría catalogar como sentimiento o literatura, pero es algo personal, íntimo, y algo que me gustaría mostrar, ya que mis textos, sin nadie que los lea no valen nada.
Como indicación he de decir que estos textos son pensamientos pasados al papel cuando camino por la calle o cuando estoy sentado en un bar tomando un café, por ello en gran parte si no lo es en toda, hablo de eso, hablo de los bares y los cafés, hablo de las calles de mi ciudad, hablo de sus gentes, de sus edificios, de sus arboles, fachadas, nubes, sonrisas, todo tiene cabida en este mi cuaderno.
Espero de corazón que os guste.
Lluvia,
Enmudecidos mis sentimientos camino absorto en mis pensamientos, no escucho más allá de las gotas de lluvia que salpican cuanto me rodea, los pasos de la gente o sus voces son tan solo murmullos lejanos.
Mi porte es triste, caminando en silencio con la mirada perdida bajo las lágrimas del firmamento gris. Miro las gotas que salpican las lunas de los coches que alumbradas por sus luces, se asemejan a diminutas estrellas, rojas y amarillas en la oscuridad de la tarde invernal.
Los farolillos que brillan en lo alto recubren la calle con un manto dorado y los charcos que se almacenan entre adoquines son lagos de espejo, que reflejan en su guardar un mundo que nosotros no vemos, un mundo de luz áurea y gris, un mundo en donde las personas son sombras desenfocadas, donde los edificios surgen del cielo y me inundo de todo eso, avanzo entre las calles arropándome con sus oscuras siluetas, respirando fragancias lejanas que el viento roba de montañas, de bosques y percibo así, el olor de la lluvia, del cemento y la piedra.
Y aunque el frío congela mis manos, mi rostro y mis cabellos mojados, siento un calor dulce y anaranjado, como a fuego, como el brillar de las farolas.
Contemplo cada movimiento mientras camino, me envuelvo en una fantasía silenciosa en donde todo es del color de la ceniza, como ver una fotografía en blanco y negro y ver únicamente el color rojo del abrigo de aquella mujer, el rosado matiz de sus mejillas y sus labios, verla allí detenida como melancólica con la mirada lejana, con las gotas acariciando su paraguas negro.
Continúo andando y absorbiendo cada detalle llamativo de esta película muda y en blanco y negro.
Observo los dorados rizos de una niñita no más alta que una silla, y la veo sonriendo, mirando la lluvia caer, como si escuchara una melodía que yo no oigo y sintiera una inmensa felicidad por vivir ese mágico momento.
Veo a un anciano marcado de arrugas, de rostro serio y magnánimo, de pelo blanco y chaquetón gris pardo, que parece mirar con desprecio a este mundo que nos ha tocado vivir, esta en un soportal con las manos en los bolsillos y un cigarro entre los dientes, que como una diminuta chimenea deja fluir su blanco humo a la voluntad del viento.
Y avanzo, y con cada paso un nuevo rostro y con cada rostro una película distinta, hermosa en si misma, y sin darme cuenta me he alejado de los océanos de reflejos, de los faros que iluminan la calle, de las caras, de la gente, del sonido sordo de los coches y los bares, y me he quedado solo, inmensamente solo al final de este lienzo, en la parte sin pintar, y me siento como un insignificante punto negro, una silueta difusa, apenas bien trazada en este magnifico cuadro que es la vida.
Y me quedo aquí, sintiendo la lluvia caer sobre mi cuerpo y maravillándome por cada una de las gotas de cristal, absorto en la quietud mientras en el suelo, bajo mis pies, veo inscribirse la firma de ese artista loco, que ha pintado todo esto.
El hombre de pelo cano,
Quietud, bajo el inmenso sol primaveral, fumando en silencio y disfrutando de una taza de café, sentado en una tranquila terraza veo danzar como nieve las diminutas partículas de polen que vagan de acá para allá, contemplo el firmamento azul acompañado por nubes brillantes; blancas y plateadas nubes que de vez en cuando ocultan la luz que proyecta el sol.
Veo pasar tranquilas palomas que viajan de edificio en edificio, moviendo con premura sus alas y esparciendo el polen a su paso. Me fijo en las sombras que proyectan las sillas y las mesas, largas y oscuras siluetas que se deforman con cada objeto, contemplo a la gente pasar con calma, un camarero moviéndose de un lado para otro, una monja que como un pájaro de plumaje oscuro se pierde entre las casas, una niña y su madre caminando rápidamente igual que un preso y su guardián, y veo a un hombre de pelo blanco, de mirada serena, pensativa, que se encuentra tres mesas mas allá, lee un libro de amarillas hojas y acompaña cada palabra con un lápiz de carbón; como subrayando cada frase, me pregunto que leerá este anciano de cabello cano, de barba corta y gris, con sus gafas pequeñas y su porte serio.
De pronto, como sacado de un sueño el sol se oculta y unas delicadas gotas de lluvia chocan contra el suelo, agitan las ramas y las hojas de los árboles, ahuyentan a las palomas y lo envuelven todo con su húmedo tacto, los edificios, la piedra del suelo, el color verde de los cedros, incluso el mismo cielo torna en gris, todo se llena de un color mustio apagado.
La gente se marcha de la terraza y de las calles, y poco a poco, solo allí, bajo las gotas de lluvia nos quedamos el hombre de pelo gris y yo, cierra su libro, lo introduce en una maleta de cuero y se cruza de brazos, se acomoda en su silla mientras yo me alejo de allí, todo queda desierto, ni una persona, ni una paloma, nadie, tan solo allí en la soledad inmensa se encuentra un hombre sentado y sereno.
Solo allí queda, el hombre de pelo cano.
Tiempo y movimiento,
En mi cuarto, sentado, miro las nubes y las montañas, los coches al pasar por la carretera mojada, y cerca, en la ventana de ese edificio de anaranjados ladrillos veo subir una persiana, y entre las cortinas blancas la silueta de una anciana, que abre su ventana y saca su mano al exterior, en busca de esas gotas de lluvia que no llegan a su palma, pues ya el cielo arrojó cuanto por hoy arrojaría, ya las calles empapadas, ya los charcos quedan en calma solo aturdidos por el pasar de un muchacho y su amigo en bicicleta, por el aire aún cargado por diminutas partículas de agua que me hacen sentir los pulmones encharcados, sentir frió por su caricia impregnada y veo a un perro negro que cruza y olfatea, buscando sin encontrar, y a tres hombres ya ancianos que caminan curvados, con los paraguas en la mano, pero cerrados, tristes, como bastones sin serlo. Y ya nada, nada pasa por la calle, nada se mueve salvo las hojas de los árboles desprovistos de hojas, salvo las nubes inmensas que como paños blanquecinos lamen las montañas, pero incluso ellas, si las miro con detenimiento parecen estar dormidas, asentadas en la cima, descansando de su viaje, y si miro más y me quedo helado como el frió otoñal ni las hojas se mueven, ni los charcos se deforman, ni las hondas vibran, ni los coches pasan, ni los ancianos se mueven, ni las bicis, ni siquiera ese perro negro busca ni anda.
Todo, hasta las briznas de hierva del jardín están en calma, todo, allá afuera está adormecido y solo aquí, en mi habitación los dedos saltan con las teclas, solo mis pulmones se mueven al compás de mi diafragma y mis venas, solo mi corazón bombea, solo mis ojos contemplan, y solo los textos en esta pantalla brillante aparecen, se forma con cada golpecito, como por arte de magia, los pensamientos de mi cerebro se plasman al rozar de mis yemas en este folio blanco, y me detengo, por un momento yo también me duermo, cierro mis puños fríos como el hielo y me quedo mirando con calma otoñal pasar el tiempo sin verlo, notar como todo cambia sin movimiento, como la vida pasa y fluye, se transforma y danza en silencio, inamovible.
Y entonces, para mi asombro, allí abajo, cerca del jardín antes de llegar a la carretera, sobre la acera misma, veo un charco y un pájaro en él, un pájaro diminuto desde aquí, con cola larga y con las alas cerradas, con el cuerpo gris pardo y la cabeza negra y blanca, un pájaro que ante todo lo demás, se mueve y parece nadar tranquilo entre las aguas, moverse rítmicamente entre las hondas cristalinas, lo veo beber y miro el cielo, y me veo allí con él, como él, y me imagino volando, hacia las nubes blancas y plateadas, sobre los montes azules y violetas, mas allá de mi habitación, y de la ventana de la anciana, y de la hierva, sobre ciclistas y ancianos, sobre perros negros, sobre charcos y árboles, mas allá de cuanto veo, en busca de un lugar nuevo, para ver sin verlo, el tiempo pasar inamovible y quieto.

Como mi primer escrito en este fantástico blog, me gustaría que comenzase siendo algo bonito y particular.
Aunque me gustaría, no es parte de un libro o un comic, ni tan siquiera algo que podría catalogar como sentimiento o literatura, pero es algo personal, íntimo, y algo que me gustaría mostrar, ya que mis textos, sin nadie que los lea no valen nada.
Como indicación he de decir que estos textos son pensamientos pasados al papel cuando camino por la calle o cuando estoy sentado en un bar tomando un café, por ello en gran parte si no lo es en toda, hablo de eso, hablo de los bares y los cafés, hablo de las calles de mi ciudad, hablo de sus gentes, de sus edificios, de sus arboles, fachadas, nubes, sonrisas, todo tiene cabida en este mi cuaderno.
Espero de corazón que os guste.
Lluvia,
Enmudecidos mis sentimientos camino absorto en mis pensamientos, no escucho más allá de las gotas de lluvia que salpican cuanto me rodea, los pasos de la gente o sus voces son tan solo murmullos lejanos.
Mi porte es triste, caminando en silencio con la mirada perdida bajo las lágrimas del firmamento gris. Miro las gotas que salpican las lunas de los coches que alumbradas por sus luces, se asemejan a diminutas estrellas, rojas y amarillas en la oscuridad de la tarde invernal.
Los farolillos que brillan en lo alto recubren la calle con un manto dorado y los charcos que se almacenan entre adoquines son lagos de espejo, que reflejan en su guardar un mundo que nosotros no vemos, un mundo de luz áurea y gris, un mundo en donde las personas son sombras desenfocadas, donde los edificios surgen del cielo y me inundo de todo eso, avanzo entre las calles arropándome con sus oscuras siluetas, respirando fragancias lejanas que el viento roba de montañas, de bosques y percibo así, el olor de la lluvia, del cemento y la piedra.
Y aunque el frío congela mis manos, mi rostro y mis cabellos mojados, siento un calor dulce y anaranjado, como a fuego, como el brillar de las farolas.
Contemplo cada movimiento mientras camino, me envuelvo en una fantasía silenciosa en donde todo es del color de la ceniza, como ver una fotografía en blanco y negro y ver únicamente el color rojo del abrigo de aquella mujer, el rosado matiz de sus mejillas y sus labios, verla allí detenida como melancólica con la mirada lejana, con las gotas acariciando su paraguas negro.
Continúo andando y absorbiendo cada detalle llamativo de esta película muda y en blanco y negro.
Observo los dorados rizos de una niñita no más alta que una silla, y la veo sonriendo, mirando la lluvia caer, como si escuchara una melodía que yo no oigo y sintiera una inmensa felicidad por vivir ese mágico momento.
Veo a un anciano marcado de arrugas, de rostro serio y magnánimo, de pelo blanco y chaquetón gris pardo, que parece mirar con desprecio a este mundo que nos ha tocado vivir, esta en un soportal con las manos en los bolsillos y un cigarro entre los dientes, que como una diminuta chimenea deja fluir su blanco humo a la voluntad del viento.
Y avanzo, y con cada paso un nuevo rostro y con cada rostro una película distinta, hermosa en si misma, y sin darme cuenta me he alejado de los océanos de reflejos, de los faros que iluminan la calle, de las caras, de la gente, del sonido sordo de los coches y los bares, y me he quedado solo, inmensamente solo al final de este lienzo, en la parte sin pintar, y me siento como un insignificante punto negro, una silueta difusa, apenas bien trazada en este magnifico cuadro que es la vida.
Y me quedo aquí, sintiendo la lluvia caer sobre mi cuerpo y maravillándome por cada una de las gotas de cristal, absorto en la quietud mientras en el suelo, bajo mis pies, veo inscribirse la firma de ese artista loco, que ha pintado todo esto.
El hombre de pelo cano,
Quietud, bajo el inmenso sol primaveral, fumando en silencio y disfrutando de una taza de café, sentado en una tranquila terraza veo danzar como nieve las diminutas partículas de polen que vagan de acá para allá, contemplo el firmamento azul acompañado por nubes brillantes; blancas y plateadas nubes que de vez en cuando ocultan la luz que proyecta el sol.
Veo pasar tranquilas palomas que viajan de edificio en edificio, moviendo con premura sus alas y esparciendo el polen a su paso. Me fijo en las sombras que proyectan las sillas y las mesas, largas y oscuras siluetas que se deforman con cada objeto, contemplo a la gente pasar con calma, un camarero moviéndose de un lado para otro, una monja que como un pájaro de plumaje oscuro se pierde entre las casas, una niña y su madre caminando rápidamente igual que un preso y su guardián, y veo a un hombre de pelo blanco, de mirada serena, pensativa, que se encuentra tres mesas mas allá, lee un libro de amarillas hojas y acompaña cada palabra con un lápiz de carbón; como subrayando cada frase, me pregunto que leerá este anciano de cabello cano, de barba corta y gris, con sus gafas pequeñas y su porte serio.
De pronto, como sacado de un sueño el sol se oculta y unas delicadas gotas de lluvia chocan contra el suelo, agitan las ramas y las hojas de los árboles, ahuyentan a las palomas y lo envuelven todo con su húmedo tacto, los edificios, la piedra del suelo, el color verde de los cedros, incluso el mismo cielo torna en gris, todo se llena de un color mustio apagado.
La gente se marcha de la terraza y de las calles, y poco a poco, solo allí, bajo las gotas de lluvia nos quedamos el hombre de pelo gris y yo, cierra su libro, lo introduce en una maleta de cuero y se cruza de brazos, se acomoda en su silla mientras yo me alejo de allí, todo queda desierto, ni una persona, ni una paloma, nadie, tan solo allí en la soledad inmensa se encuentra un hombre sentado y sereno.
Solo allí queda, el hombre de pelo cano.
Tiempo y movimiento,
En mi cuarto, sentado, miro las nubes y las montañas, los coches al pasar por la carretera mojada, y cerca, en la ventana de ese edificio de anaranjados ladrillos veo subir una persiana, y entre las cortinas blancas la silueta de una anciana, que abre su ventana y saca su mano al exterior, en busca de esas gotas de lluvia que no llegan a su palma, pues ya el cielo arrojó cuanto por hoy arrojaría, ya las calles empapadas, ya los charcos quedan en calma solo aturdidos por el pasar de un muchacho y su amigo en bicicleta, por el aire aún cargado por diminutas partículas de agua que me hacen sentir los pulmones encharcados, sentir frió por su caricia impregnada y veo a un perro negro que cruza y olfatea, buscando sin encontrar, y a tres hombres ya ancianos que caminan curvados, con los paraguas en la mano, pero cerrados, tristes, como bastones sin serlo. Y ya nada, nada pasa por la calle, nada se mueve salvo las hojas de los árboles desprovistos de hojas, salvo las nubes inmensas que como paños blanquecinos lamen las montañas, pero incluso ellas, si las miro con detenimiento parecen estar dormidas, asentadas en la cima, descansando de su viaje, y si miro más y me quedo helado como el frió otoñal ni las hojas se mueven, ni los charcos se deforman, ni las hondas vibran, ni los coches pasan, ni los ancianos se mueven, ni las bicis, ni siquiera ese perro negro busca ni anda.
Todo, hasta las briznas de hierva del jardín están en calma, todo, allá afuera está adormecido y solo aquí, en mi habitación los dedos saltan con las teclas, solo mis pulmones se mueven al compás de mi diafragma y mis venas, solo mi corazón bombea, solo mis ojos contemplan, y solo los textos en esta pantalla brillante aparecen, se forma con cada golpecito, como por arte de magia, los pensamientos de mi cerebro se plasman al rozar de mis yemas en este folio blanco, y me detengo, por un momento yo también me duermo, cierro mis puños fríos como el hielo y me quedo mirando con calma otoñal pasar el tiempo sin verlo, notar como todo cambia sin movimiento, como la vida pasa y fluye, se transforma y danza en silencio, inamovible.
Y entonces, para mi asombro, allí abajo, cerca del jardín antes de llegar a la carretera, sobre la acera misma, veo un charco y un pájaro en él, un pájaro diminuto desde aquí, con cola larga y con las alas cerradas, con el cuerpo gris pardo y la cabeza negra y blanca, un pájaro que ante todo lo demás, se mueve y parece nadar tranquilo entre las aguas, moverse rítmicamente entre las hondas cristalinas, lo veo beber y miro el cielo, y me veo allí con él, como él, y me imagino volando, hacia las nubes blancas y plateadas, sobre los montes azules y violetas, mas allá de mi habitación, y de la ventana de la anciana, y de la hierva, sobre ciclistas y ancianos, sobre perros negros, sobre charcos y árboles, mas allá de cuanto veo, en busca de un lugar nuevo, para ver sin verlo, el tiempo pasar inamovible y quieto.

